domingo, 6 de mayo de 2012
Falling up, falling down
Las palabras en la hoja en blanco son puntos negros y patas de mosca, pequeñas pestañas, las hojas de tus cejas. Pero las lees, entiendes el mensaje de las cruces y los círculos y me lees los espasmos. Tienes el poder de descomponerme, de desintegrarme, encontrada la fórmula para acelerar las partículas y tamizar. Yo no sé en qué momento perdí la fuerza que me sujetaba entre mi misma, con las ligaduras y los vértices de arco en punta, una piedra se resbaló y cedió la catedral. Ahora tienes tú el ritmo entre mis piernas para invertirme, el aliento de la boca para mi boca, y el gesto de tu boca tan prieta cuando quieres decirme cosas sin escribirlas, sin patas de mosca, ni pestañas, para que yo las lea en sonido, en el del espacio exterior, en el de mis miembros cayendo en terremoto, en partículas de polvo y piedras y de llanto que no se contiene, de amor.
sábado, 7 de abril de 2012
Like a tiger
Primero me acometes y me ahogo; casi me muero; casi.
Y luego me abres la mano y me devuelves el aire en pulsiones; en la boca; en el pecho.
Y luego me abres la mano y me devuelves el aire en pulsiones; en la boca; en el pecho.
jueves, 29 de marzo de 2012
La necesidad de expulsión
Te me partes de la noche como un rayo rojo y soviético, te me partes del momento y la distancia y separas la noche en mitades. Te me partes en la boca partida y abierta, como un pájaro posándose en sus huevos blancos, como tocar el pelo en la cola de los zorros salvajes; tan dulce, tan suave y maleable. Te me caes como de la nieve sobre mi cara y las manos, partiéndome en escamas; me rompo sobre ti, sobre el balcón y los postigos, sobre la acera. Haces de los lugares vacíos, invisibles, el punto de encuentro: la marca. La pared y la esquina se quedan amarillas de tus gestos, llenas de sombras dobles, de dobles exposiciones. Me arrebatas todo el agua y luego me la devuelves de la mano. Se me han quedado en el cuerpo las señales de tus torturas, el temblor de la escasez y la colmadura, el cuello en dos de tus arrebatos, las piernas cóncavas y astilladas. Por dentro y por fuera me vuelves, me acompañas del revés y del derecho hasta la puerta y el portal y luego a la cama y a la manta y me partes de un rayo cada muro, cada escayola. Entonces somos la fotografía. Y hablas bajo, tú bajo, tragando rápidamente el final de las palabras y las cosas, tu trama tan blanca. Sólo un golpe, de rotura, sólo la prueba de un golpe y tus silencios aspirados que yo debo imaginar. Todo es duda, inefable, pero hasta los ratones tienen convicciones que sólo creía dudar.
miércoles, 28 de marzo de 2012
Holst
Cierro corriendo los bordes de las cosas que te contienen, para que no se vicien de lo exterior. Sólo me permito olerlas una vez al día, abiertas, por que no te me agote a base de pulmón. Y cuando te he respirado en ese golpe de obturador, te me quedas dentro henchido, como los nenúfares que crecen profundo en los cuerpos.
lunes, 19 de marzo de 2012
I'd rather dance with you
Eres tímido, Darío Acuña, como un niño pequeño, como una persona pequeña ante una gran hilera de montañas, como el hombre en la playa ante el mar recién descubierto. Tienes como una orilla de timidez en la cara, como un rubor en los labios que te hace joven e inocente, como un niño pequeño. Tienes las manos como temblorosas, como de emoción contenida, cuando vas a alcanzar las cosas que no conoces, cuando coges por primera vez los cachorros de los linces y te haces como ellos de pequeño, con los bigotes fuera. Tienes la timidez de los argentinos, como de una ese aspirada, que busca el refugio de las madres y las cuevas. Cuando ríes a veces se te escapa la ese aspirada y ya sé que eres tímido, que sientes el rubor de lo dicho, el punto de calidez en las mejillas de cómo te sube las sangre hacia los extremos, se te sube, se te instala y te papita en las sienes y ya eres un niño pequeño, tan frágil. Hablas tan bajo que aspiras las eses y seseas las ces y se te hace líquido el hablar mientras me caen encima las lluvias de tus frases. Son como una cascada tus frases susurradas, como ducharse y quedarse limpia. Y sientes el pequeño rubor de las miradas y los párpados, de los labios húmedos y los vecinos, desde las ventanas de sus casas, desnudos.
Luego me coges de la mano y dices que nos demos un baño. Abres el agua del grifo y esperas, apretando mi mano, que se llene la bañera. Esperas desnudo. Llegas al baño, enciendes la luz y abres el grifo, luego te quitas despacio la ropa y la dejas bien doblada en el bidé, te sientas en el suelo conmigo, apretando mi mano y esperas que se llene la bañera. Los azulejos del baño se te reflejan en los ojos; verdes y azules se te empañan en los ojos como un vaho calorífico. Adoro la luz de ese baño, el tubo fluorescente tan blanco y azul en tus pestañas, en tu cuerpo desnudo cayendo blanco como el grifo abierto, el ruido del agua cayendo como luz. Sientes vergüenza cuando estás desnudo conmigo, pero lo estás, antes de que se llene la bañera. Callado y fresco, te quedas desnudo y esperas que se llene la bañera, aunque yo no esté desnuda y tu desnudez está muy quieta, flácidamente tranquila, laxa tu lengua y tus piernas, los huecos de carne de tu cuerpo suaves y caídos, como almohadones en la cama.
Cuando está llena la bañera cierras el grifo y esperas de pie, con esa cara de niño, con la chispa de la vergüenza en un lado de la cara, esperas de pie que yo me desnude y nos metemos dentro, porque tenemos aprendido de memoria cómo caber juntos en la bañera. Nos gusta el agua ardiendo, que se nos abrasen los miembros en el agua, sentir el impulso eléctrico, la pizca del dolor y el siguiente alivio, la curación del calor. Te sientas en la bañera, apoyas la espalda en la loza y luego la cabeza caída hacía atrás en los azulejos, del placer. Se te entreabre la boca abrasada y te caen las gotas de sudor por la nuez de la garganta estirada; se te oye respirar y latir. Me sueltas la mano y las tuyas las dejas flotar.
Tienes también la expresión comedida, la ráfaga de rayos en el gesto, de los animales salvajes. Se te confluyen la pequeñez y lo irrefrenable en las sienes, te chocan y se confunden. Eres salvaje y libre, indomable como un albatros, pequeño como un gorrión. Cuando eres salvaje tienes la expresión volada, los ojos se te estiran y los labios, como si te diera el viento en la cara y te brillaran las luces desde dentro; llevas el pelo revuelto, te sopla el desorden desde dentro. No hay mano que te coja entonces, ni palabra que te llegue. Te distancias con tu movimiento y te metes en la selva cerrando las puertas. Si al menos te llegara el roce, te devolvería a la tierra, pero no notas las caricias cuando eres salvaje; miras muy profundo a los ojos, como leyéndome el instinto. No haces apenas un ruido, eres todo silencio y exactitud, el control adrenalínico en los dedos. Sales a volar en avioneta y vuelves salvaje, luego ríes recordando tus vuelos y aspirando las eses para calmarte, te atimida tu propio poder y tu sentido, y te regresas a tu cuerpo en el suelo, eres tú de nuevo y no las garras de las panteras sobre el árbol. El pelo erizado de tu nuca se te vuelve al peinado para regresar.
Pero no hay necesidad. No sientes ningún tipo de necesidad. No la hay en tu gesto nunca. Si te vas o si vuelves, si te vuelas o te aterrizas en los campos abiertos, aunque sea de emergencia, si te viertes o te recoges a ti mismo, ya te basta. Tienes todo a tu alcance si te vas o te vienes, el vuelo no se te frena nunca y no te tienes más necesidad que a ti mismo. Te llenas de ti mismo y del aire y del agua ardiendo. No hay necesidad en tu timidez ni en tu salvajismo. Ni el miedo de tenerla te corrompe. No eres una persona sexual, Darío Acuña, el escalofrío de la sangre no te pasa. Me tumbo en la cama mientras lees y te miro muy profundamente. Quiero ser como tú, me reflejo en lo que haces y te imito, para llamarte, para hacerme irresistible. Te miro profundamente desde la cama, pero no notas ese ardor. No tienes esa necesidad. Te arden las mejillas, eso sí, cuando te hablo de cuerpos celestes y telescopios, cuando te acerco las fotografías y te leo en voz alta, pero no notas el ardor cuando me tumbo en tu cama. Nada. Te enseño primero un hombro mientras hablamos del malditismo, pero el contacto visual no se te divide de mi cara, luego me aprieto la falda y me muerdo los labios y tú me hablas de gymnopedias, como si nada, como si no supieras, maldito Darío Acuña, que te quiero tener dentro; a veces me desesperas. Si te pongo las manos en las piernas, tú con cuidado me las llevas otra vez a la cama. Si te aprieto las muñecas con las manos me las llevas despacio al regazo hasta que te suelto. Si alguna vez te rozo la cara, de los delicadísimos momentos en los que te alcanzo la cara, tú remueves el tiempo a tu alrededor confundiéndome y calientas mis dedos desde la distancia y el vacío, hasta que al final no entiendo si he llegado a tocarte o me quedé a un centímetro. Tú me tocas y me pides que me desnude, pero hay timidez y salvajismo y una fina distancia insalvable, un eterno paso imantado que conserva la separación entre nosotros, como un velo translúcido que nunca se rebasa.
Hablas de la muerte, que no te tocará; le das vueltas a las cosas. Luego me pides perdón por darle vueltas a las cosas, por expresarte demasiado, por dejarte entrever la esencia que eres. Cuentas muy poco, hablas, hablas y hablas, pero cuentas muy poco de tu mente. Lo sé todo de ti y eres un desconocido. Me conozco las arrugas de tu gesto y los puntos de tus marcas, la distancia de tus cicatrices en la ceja, pero eres un desconocido silencioso, lleno de secretos. Me dices que quieres hablarme de tu pasado, me sientas en la cama y me hablas sin parar, de tu experiencia y tus viajes, de otros cuerpos que han pasado contigo llenos de fantasmas, cuerpos como el mío, enlazados al tuyo por la nada, y no dices nada. Me dices cómo haces el vacío entre los cuerpos, y tú, que los aprietas como de casualidad atraídos por la succión de la nada, me describes esos cuerpos, pero no dices nada. Tus frases caen líquidas de tu boca como una cascada, como una lluvia muy fina, pero en realidad no cae nada irreparable, nada irreversible para ti, es un calabobos punzante nada más. Te quedas en una posición de defensa ante mi ignorancia, te reservas tu propio hueco escondido en el que te anidas y duermes, ese agujero que nunca sabré dónde está ni qué significa. Tienes una identidad secreta, Darío Acuña. Porque no dices nada. De ti, de ti mismo, no dices nada con la boca, que no sean tus gestos tan tímidos o libres y fugaces, de cervatillo pequeño recién nacido o de ave voladora recién frenada contra el viento, ni de tu ausencia de necesidad, la grande y ferviente ausencia, el vacío que me atrae, el misterio, el desierto irrevocable de tu enigma, tan seguro e irrompible.
viernes, 16 de marzo de 2012
Repeat, please
Ahora empiezo a olvidar, empiezo a dudar de la firmeza de las mesas, de la realidad de aquí y el ahora, empiezo a golpear con los nudillos los bordes de objetos aparentemente sólidos y digo: "¿Eres fuerte?". He visto tantas cosas distintas, he hecho frases tan distintas... Y ahora pregunto "¿Quién soy?". He hablado de Bernard, Neville, Jinny, Susan, Rhoda y Louis. ¿Soy todos ellos? ¿Soy uno y diferenciado? No lo sé. Aquí estamos sentados, juntos. Pero Percival ha muerto; estamos divididos; no estamos aquí. Sin embargo, no puedo encontrar nigún obstáculo que nos separe. No hay división entre ellos y yo. Mientras hablaba, pensaba: "Soy tú". Esa diferencia a la que tanta importancia damos, esa identidad que tan febrilmente ansiamos, quedó superada. Sí, desde el instante en que la vieja señora Constable levantó la esponja y el agua cálida cubrió mi carne, he tenido sensibilidad y percepción. Aquí, en la frente, llevo el golpe que me di cuando Percival cayó. Aquí, en la nuca, llevo el beso que Jinny le dio a Louis. Mis ojos se llenan de lágrimas de Susan. Veo a lo lejos, temblorosa como una hebra de oro, la columna que Rhoda veía, y siento el aire que levantó con su vuelo cuando saltó.
Por eso, cuando llega el momento de dar forma, aquí, en esta mesa, entre mis manos, a la historia de mi vida y ponerla ante ti, como un todo completo, he de recordar cosas que se han ido muy lejos, que se han ido a una gran profundidad, que se han hundido en esta o aquella vida, pasando a ser parte de ella; sueños también, cosas que me rodean, y también los prisioneros, esos fantasmas a los que solo les falta hablar, que vagan noche y día, que se revuelven en sueños, que emiten confusos gritos, sombras de personas que uno podría haber sido, seres nonatos. [...] Sí, es la eterna renovación, el incesante levantarse y caer, caer y levantarse otra vez.
Por eso, cuando llega el momento de dar forma, aquí, en esta mesa, entre mis manos, a la historia de mi vida y ponerla ante ti, como un todo completo, he de recordar cosas que se han ido muy lejos, que se han ido a una gran profundidad, que se han hundido en esta o aquella vida, pasando a ser parte de ella; sueños también, cosas que me rodean, y también los prisioneros, esos fantasmas a los que solo les falta hablar, que vagan noche y día, que se revuelven en sueños, que emiten confusos gritos, sombras de personas que uno podría haber sido, seres nonatos. [...] Sí, es la eterna renovación, el incesante levantarse y caer, caer y levantarse otra vez.
Las olas - Viginia Woolf
sábado, 18 de febrero de 2012
Un invierno en Mallorca
Volando en media hora nos llevaste de la tierra al mar, con una estela blanca de aletazo de motor, con todo lo tuyo que es el volar y navegar, lo azul e incandescente; de nuevo el niño astronauta. Fuimos en media hora de la tierra al mar y la mar estaba calma, llena y aplastada del sereno peso gravitacional de tu cuerpo sobre ella, como tú flotando como muerto con los ojos hacia arriba, volado el gesto suave, como todo lo tuyo que es suavemente ingrávido. Luego, cuando estuvimos otra vez en tierra, besamos el suelo de barro y la arena, contentos de volver a tener piernas y de tener al cuerpo de los cuerpos, que eres tú , andando con nosotros, conduciendo nuestro coche. Como nos llevas tú conduciendo de playa en playa, para comer y respirar, para que disfrutes tú de tu esencia de vientos y azul, nosotros miramos el paisaje por las ventanillas dándonos cuenta de cómo el mundo se nos gira al rededor porque eres tú el principal compañero. Hay un ciclón en las montañas que se lleva volando lo blanco en estela, como si soplases tú, haciéndolo todo volador. Cuando conduces tú, somos entes del aire y desde atrás vemos tu nuca y el pelo que se nos devuelve con el aire que tú emanas, como la nieve se desprende de las montañas. Me atreví a fijarme en tus manos tan delgadas, descansando una del volante a tu mejilla al hacer la curva del camino, vi que llevabas dentro un rayo en el círculo de los dedos: la luz de todo el día en el hueco de tus manos.
jueves, 2 de febrero de 2012
La plage
Te has ido tan lejos que ya no basta alargar la mano al disparar una fotografía para encontrarte en la punta de mis dedos. Tan lejos y tan azul te has ido, que el cielo ya no es nuestro, sino uno tuyo y otro mío y las luces de tus días son otras luces. Otro olor el que te llega cuando aquí se levanta el polvo, en tu nuevo pedazo estás recibiendo todo lo desconocido por los dos, de otro macizo de tierra, que es diferente al desmigarse. En otro mundo estás, dentro del mundo. Sólo vuelves cada vez que habla Ben Howard. Y alargar la mano y no encontrarte es como un continuo adiós en un portal bajo, cargando todos los pesos en la garganta y en los ojos, es la desgracia de haberte dejado desaparecer tan lejos cuando acababas de aparecer de la niebla, encontrarte como un golpe y al siguiente huirte. Tan lejos te has ido que tu ausencia ha hecho el vacío y todo me atrae hacia los bordes, mi equilibrio desmovido, descolocada ando también sonriendo de que te fueras. Hice una fotografía con flash a la desesperada y no pude quemarte la cara, de entre la masa brillabas con suerte; tú como ninguno, te has diferenciado. Ya te has ido de todo lo que podía abarcar, no más retratos de ti por ahora, no más flashes ya de tu cuerpo como golpes en el mío, pero flota tú, desde tan lejos, flota en el azul de las islas y el cielo, flota donde la tierra no pesa, donde todo flota como tú, en el agua tropical.
jueves, 26 de enero de 2012
Lo analógico
Tengo el derecho de alcanzar la noche cerrada, el azul de tu cara en la boca, el brillo de tu blanco tan pequeño en los ojos, que cuando recaigo sobre ellos ya se ha ido. Tengo el deber de abordarlo, el frío y el hielo de las noches azules, llevar al campo negro la luz de las fugaces, de las errantes estrellas de bengalas y neones. Llenaremos el trigo de fantasmas blancos congelados en estelas. Tú me darás el permiso y tendré al fin el honor del tiempo para mí y la luz del mundo y todo lo vivo que quede en él, mío en un instante, separado de todas las otras cuatrocientas partes de un segundo, porque el infinito se quedará parado en tu cara, parado en tu boca, quieto en los ojos que te brillan vivos, por fin, en mi película, latiendo, latiendo lenta la imagen, como tu cuerpo volador.
martes, 17 de enero de 2012
Suscribirse a:
Entradas (Atom)











