sábado, 2 de enero de 2010

Azul Celeste

Agua. Pequeñas gotas de agua y de espuma, reflejadas en el cristal cerúleo. Son oscuras, y claras, de nuevo oscuras, difuminadas, luego nítidas, de arcoiris; la luz del faro las ilumina a trazos, ahora sí, ahora no. Pura luz del faro recortada sobre el horizonte inescrutable, sobre el peñón del que se sacian las olas. Allá arriba, donde lo cristalino, hay un farero enamorado de la luz y del agua.

El farero se abraza a la mampara que cubre el fuego, se abraza para olvidar su soledad, siente el calor de la luz con dos dedos; escurre su mano marinera en forma de caricia sobre el cristal. Luz brillante y naranja, reflejada en sus mejillas y en su barba, luz en la escalera que baja. Aquí arriba se pierde la noción del tiempo y del espacio, sólo hay luz y olas. El pálpito del mar se siente en las ventanas, sus gotas empañan. El farero se abraza a la mampara y suspira, gira, y gira, despacio, en lo circular de su forma, crujen las maderas del suelo al pisar.

El mar es tan oscuro que se muestra purpúreo, el cielo es marengo, de tímida luna escondida. Susurros del mar, y silencio. Se abraza ahora el farero a las ventanas, y contempla el mar, la mar, lejana y profunda. Soledad, pequeñez absoluta, y luz a trazos, ahora sí, ahora no. El farero piensa en su hija.

La siente aquí sentada, en el suelo junto a él, vestida de azul marino. Celeste, se llamaba. Era pequeña y dulce, de ojos verdes y algunas pecas, su pelo liso y oscuro. Llevaba algo del brillo del mar en su pelo.

-Celeste- suspira el farero. Entonces parece que ella contestase. Pero no, es sólo el susurro del mar. Celeste se perdió un día de tormenta, el mar se la llevó.

El farero golpea el cristal con fuerza, cierra los ojos, gime. Había sido su culpa, o al menos él así lo piensa, debía haberla asido con más fuerza, no soltarla nunca, no dejar que las olas se la llevasen o al menos haber caído con ella, pero el viento había sido tan fuerte... La mar se llevó lo que él más amaba y le había dejado completamente solo. La tristeza le pesó enormemente durante años, casi no comía, apenas dormía, mas ahora siente melancolía y rabia. Enciende el faro cada noche y piensa en Celeste.

Celeste en la playa, jugando con las olas, se oye el viento sobre el agua expirar. El pelo de mar húmedo, sonrisa en sus labios. Había momentos en los que el farero se sentaba en la arena y contemplaba a su hija mientras buscaba pequeñas conchas, sólo por el mero placer de contemplarla. Descubría en sus ojos de niña los brillos del mar, el recuerdo de su madre... Ella de vez en cuando le llamaba y corría hacia él, le enseñaba sus tesoros, él sonreía.

Celeste en la hierba, contemplando el cielo, y señalando las gaviotas. Juntos jugaban a descubrir formas en las nubes blancas; de noche miraban las estrellas, con la luz a trazos del faro encendida.

Celeste recogiendo flores, en el prado que se extiende junto al faro. En primavera subían los rebaños a los montes y se les oía balar desde allí. Corría detrás de alguna oveja descarriada e intentaba con algo de miedo acariciar su lana nubosa. Las flores las ponían en un jarrón blanco, sobre la mesa del comedor.

Celeste subiendo las escaleras hacia la lámpara del faro, Celeste junto a la ventana, Celeste bebiendo agua, Celeste dibujando, Celeste abrazada a la mampara de la luz...
El farero había perdido a Celeste. Le queda la playa, las estrellas y la pradera, pero le falta parte de si mismo. Le aterra la oscuridad de la noche, estando tan solo; menos mal que tiene la luz del faro. Y gira y gira con ella.

A veces danzaba así, girando sin parar, con Celeste. La cogía de la cintura, la elevaba en el aire y la hacía girar. El pelo oscuro de ella marcaba un círculo fantástico a su al rededor, que les separaba del mundo. Recuerda también a Celeste, sentada sobre una roca, de los escollos, cuando la mar estaba serena. Se peinaba el pelo con los dedos y cantaba suave una canción de marineros, que había oído en el puerto.

Pero qué habría sido de todo aquello, qué habría sido de aquel pelo brillante y de sus ojos verdes, y de sus pequeñas manos que agarraban las suyas antes de dormirse. Cuan horrible tristeza acongoja al pobre farero, la luz naranja de su faro ya no le tranquiliza.

Le parece oír a lo lejos, muy a lo lejos, la canción suave de marineros. El farero, cansado y dolorido, baja a acostarse. Esa noche sueña que Celeste ahora es una sirena. Canta en la playa y le observa sonriendo, como había hecho siempre. El mar se había enamorado de su pelo y decidió quedársela... 




  Helena en la cala de San Vicente - Joaquín Sorolla

2 comentarios:

Huere dijo...

Que semana cargada de erotismo.
a través de Flores y Palabras ha llegado este sureño.
muy interesante este blog.

besos.

Xanela Chic dijo...

Qué precioso blog... me han encantado tus dibujos... a eso se le llama talento guapa...
En respuesta a tu pregunta mi aldea está en la provincia de Lugo... pero Galicia está llena de rincones así...
Bss y felices reyes...