viernes, 1 de enero de 2010

Noche de hiedra y caballo



Todo era silencio, aquella noche. La quietud del ambiente trastocaba el paisaje y lo mutaba en una compleja hojarasca de emociones y colores fundidos con la luz de la luna. Azules índigos, lilas y violetas, rosáceos trémulos y plateados indescriptibles rozaban la delgada línea del horizonte más lejano; sólo el susurro de la tibia brisa podía revolver el sigilo del entorno. Parecía una noche irreal, una noche ensoñada o parcialmente contorsionada hacia la perfección más sublime.

Apoyados tímidamente en la degradación de un súbito lapislázuli, había una fila de cipreses que hacía de frontera en el jardín de una grande casa de piedra. Éstos se mecían tiernamente en los brazos del viento y, dependiendo de cómo fuera en aquel segundo su inclinación, escondían o enseñaban a su antojo la titilante luz de una habitación encendida en la fachada. Era una vela que un joven inquieto había encendido y que esperaba en el alfeizar de la ventana arqueada, ya a punto de consumirse.

Todo el resto de la casa dormía, pero el joven aún no se había acostado y la luz de la llama se entremezclaba con la luminiscencia de sus ojos claros, como los de un gato. Esos ojos proporcionaban a la habitación un resplandor insinuante de emoción. Llevaba dos o tres horas mirando el mismo punto fijo en la lejanía del horizonte, a través de la cristalera, hasta que un búho rasgó la escena inmutable con su aleteo y pudo al fin apartar la vista. Se calzó las mallas escarlatas y se ciñó el cinturón de cuero, junto con la vaina de su espada. Suavizó los bucles de su melena con un peine de marfil y pasada la media noche se enguantó las blancas manos, se envolvió con su capa de terciopelo purpúreo y se vistió la cabeza con un sombrero emplumado. Atrapado entonces en la magnitud de un suspiro irrevocable, cogió la vela casi extinta con ambas manos y salió de la habitación con el máximo sigilo, procurando no perturbar el equilibrio de la elegante noche.

El corredor estaba oscuro y húmedo, la piedra estaba helada; se guió casi a tientas hasta la escalera y se escabulló entre sus sombras. La altura de cada escalón le pareció un inaguantable suplicio, pues cada paso que daba en el profundo silencio aparentaba un horrible estruendo. Primero un tramo lento, otro, un escalón, el insufrible eco de sus pisadas, la fría baranda de piedra, la oscuridad del cercano rincón, el titilar de la vela y la cera que caía al suelo en pequeñas gotas, produciendo de nuevo un ruido ensordecedor. Le surgió una terrible ansiedad en el pecho y continuamente viró su atención hacia la parte alta de la escalera, creyéndose perseguido. Se sintió como un preso en fuga, a punto de ser descubierto. Sólo pudo sosegarse con el fin de los escalones.

La planta de abajo estaba iluminada por un delgado candelabro que apoyaba sobre una mesa junto al gran portón del recibidor. Los tapices de las paredes parecían observarle inquisitivamente, su propia imagen reflejada en un espejo de la pared le asustó. Nervioso se dirigió hacia las cocinas y salió por una enjuta puerta, hacia la parte trasera del palacete.
Una vez fuera apagó la llama de su mortecina vela y corrió cauto hasta los establos. Por suerte, el chico de cuadras estaba dormido, apoyado sobre un gran montón de heno. El joven de ojos claros se aprovechó y se acercó con cautela hasta un caballo negro al que despertó con dulzura. Le ensilló, no sin tener la más atenta discreción, y le puso el bocado, junto con las riendas, para después montar con la elegancia y cabalgar lo más rápido que pudo.

Cuando el viento le dio en la cara e hizo ondular los pliegues de su capa se sintió al fin libre. Cabalgó colina abajo, por la verde hierba, hacia la tierra del camino que serpenteaba hasta el horizonte. Una vez llegado a un montículo de altura promiscua, pudo reconocer, no muy lejanas, las torres de Verona y el cobalto de sus sombras le dejó un momento aturdido y arrobado. Su caballo se había transformado en un azul más de la noche, en la pincelada amable de un cerúleo casi trasparente y huidizo, se sintió parte del paisaje y parte de su atrayente romanticismo.

No muy lejos de allí se alzaba una villa. Al joven jinete le pareció repentinamente cercana y una presta agitación le subió a los labios en forma de encarnada turbación. Su jardín estaba custodiado por altísimos chopos de hojas plateadas. Éstos se mecían tiernamente en los brazos del viento y, dependiendo de cómo fuera en aquel segundo su inclinación, escondían o enseñaban a su antojo la titilante luz de una habitación encendida en la fachada. Era una vela que una joven inquieta había encendido y que esperaba apoyada en la barandilla enrejada de un balcón.
El joven detuvo la carrera y se encogió indeciso detrás de un árbol del camino. Sabía que allí no era bien recibido, pero ese balcón ejercía una fuerza atrayente sobre sus acciones y no podía resistirse a tal encanto. Esperó a que el lobo que aullaba en el monte enmudeciese y entonces descabalgó y ató su caballo al tronco de la encina que le cubría. Corrió luego hasta la verja del jardín y la escaló con ligereza, hasta poder saltar al otro lado.

Todo el resto de la casa dormía, pero él sabía que la joven del balcón aún no se había acostado e imaginaba la luminiscencia de sus ojos oscuros, como los de un gato, entremezclada con la luz de la llama que esperaba fuera, en la vela casi extinta.

En el centro del jardín había una fuente burbujeante que acallaba el sonido de sus pisadas y el olor de las lilas y las rosas, junto con los jazmines blancos, producía un cargado aroma embriagador. Se sintió por un momento en el jardín del Edén; él era un Adán confundido y angustiado, al que Dios aún no había concedido una compañera adecuada y que, por soledad o inconformismo, había decidido enamorarse del fruto prohibido.

El abdomen le dolía intensamente, sentía mil mariposas despavoridas que volaban en sus entrañas. Las manos enguantadas le temblaban ligeramente y el purpúreo de sus labios aún no había desaparecido. Una vez bajo el balcón el delirio fue agudizado por el timbre de una voz incomparable que susurraba su nombre y cuando alzó sus ojos claros y encontró a su princesa asomada al balcón, sintió el éxtasis más puro y el clímax más intenso.

¿Y cómo explicar lo inexplicable...? Sintió como si la conociera desde siempre, como si aquel amor nunca hubiera tenido un principio. Sabía que la amaba, pero no estaba seguro de cuándo había empezado todo, porque todo había sido fugazmente rápido y tan intenso que sus sentidos se habían desorientado. Habían sido infinitos momentos los que habían pasado juntos. Mil pequeños detalles que le habían seducido, millones de ansias y deseos, eternos segundos de pasión contenida y por el contrario, el destino les había separado en dos bandos enemigos. Ella le sonreía hermosísima, portando en su perfil un atisbo inalcanzable de azul, llevaba el pelo suelto y brillaba en la oscuridad. Ese instante fue eterno; el pelo de ella eran las olas de un mar dorado, al atardecer de un día caluroso, las sombras azules refrescaban sus contornos.

Junto al balcón crecía una hiedra descomunal que ascendía por la piedra de la fachada, tintándola de verde. No hicieron falta palabras, ni miradas, ni tan siquiera suspiros para que él se decidiera a trepar sobre sus gruesas ramas enredadas, para llegar a la altura del balcón. En silencio cruzó la barandilla y pudo al fin contemplarla en su plenitud.

Las sombras les dieron un abrigo envolvente; en la oscuridad más penetrante el mundo pareció disolverse y la realidad se volvió sólo calor: el calor del contacto de sus manos, el calor de sus suspiros, el calor de sus cuerpos. El tiempo pareció detenerse, o pasar demasiado rápidamente. Generaciones que crecían, se reproducían y morían o simplemente eran un segundo transcurrido, mas ellos seguían inmutables, siempre amándose y amando la divina coincidencia que les había unido.

Pero el idilio dio paso a la realidad y al desencanto que conlleva.

Con la aurora Romeo bajó por la hiedra. Julieta volvió a su alcoba.

Con la aurora Romeo recogió su caballo. Julieta peinó su pelo dorado.

Con la aurora Romeo volvió a casa. Julieta lloró su pérdida.
Con la aurora, con la aborrecible realidad, se rompieron muchos sueños.

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Paris sous l'Occupation, Amour et Barbelés - Robert Doisneau

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