viernes, 1 de enero de 2010

Trauermarch

La tarde había llegado sombría. Crepitante de humedad, quebradiza de hielo: hielo en las almas frías de tristeza, a la vez ardientes de súplica y miedo. La Muerte había pasado por Zwischen. Dios así lo había querido...

Quedaba aún un resquicio apagado de olor a humo desde las velas que se habían encendido en la habitación. Ya se habían retirado las sábanas de la cama, las almohadas, las mantas. Quedaba sólo un amargo y profundo vacío, un hueco oscuro por el que se escapaban todos los momentos felices. Wolfgang maltrataba sus ojos rojos de dolor con más lágrimas. Oía sólo un leve susurro acongojado de gente a su alrededor, sollozos apagados de visitas; él saludaba con la cabeza, tan escuetamente, que el movimiento parecía sólo la inercia de su aliento.

El pueblo no era capaz de compartir su dolor, no podían comprender la pesada carga que abatía el frágil cuerpo de Wolfgang, sus palabras de consuelo no llegaban a sus oídos por que él no estaba allí; él había descendido bajo tierra, más allá de las tumbas del cementerio, más abajo de los huecos de los pozos y de las más profundas minas, había descendido hasta la triste y ardiente quemazón del infierno. El dolor allá abajo era insoportable.

Las luces ya se habían apagado. Nada importaba ya. Ninguna compasión era válida. Sentía el palpitar insondable de su corazón, fuerte, que le subía hasta las sienes. Le temblaban las manos... Le hubiera regalado ese potente palpitar a su madre, para poder perpetuarla unos segundos más. Mas ya no había madre, sólo un hijo abandonado. Había asido la mano de Klara con fuerza hasta que dejó de estar caliente, había sentido todo lo suave de su piel, con cada uno de sus dedos; quería recordarlo. El velatorio le había resultado eterno...

Y el silencio.

Ya se la llevaban. Se llevaban a la madre en un pequeño ataúd de madera; escondida ya la belleza de la naturaleza muerta, de la palidez extrema ya nunca la volvería a ver. Wolfgang siguió al ataúd, allí iba su más cariñosa compañía. ¿Qué vinculo más grande puede haber que el de una madre y su hijo? Ninguno, mas se perdía. Ya quedaron en el pasado veinte años de juegos y arrullos, el calor de un pecho y un vientre que le dio la vida, y ahora, fríos y exhaustos ambos miembros le dejaban morir.

A Wolfgang nadie le impidió el paso. Un río negro de luto salió de la casa de los Lübeck (del Lübeck, después de todo); Zwischen seguía al desconsolado hijo. Algunos lloraban, otros rezaban en murmullos. Wolfgang caminaba solo, en silencio. La comitiva torció desde el camino hacia la colina del cementerio y comenzó su ascensión, despacio, despacio, paso tras paso, como si un horrible tambor místico guiara sus pasos con una tétrica marcha fúnebre.

Wolfgang sintió una necesidad inmensa de volver a empezar, de tener una segunda oportunidad, la cabeza comenzó a darle vueltas en un torbellino de recuerdos eternos de sonrisas y llantos que jamás volverían a repetirse; se sintió desvanecer, resbaló con la hierba húmeda y cayó, calándose de polvo. "Polvo eres y en polvo te convertirás." Le ayudaron a levantarse con premura. Wolfgang no pudo dar las gracias, no tuvo el coraje, ni las fuerzas. Continuó la marcha hacia el borde del bosque, allí donde siempre soplaba furioso el viento.

Arriba, junto al foso, esperaba el pastor, bendiciendo la tierra. Cuando llegaron con la caja hasta allí, comenzó la penosa ceremonia.

Wolfgang no oyó ni una palabra. Se cubría los ojos con su manos y sus mangas negras, de rodillas en la tierra, haciendo que rezaba; no sabía que hacía, más que llorar. Tanta desesperación, tanta soledad le abrumaba que se sentía morir él también. Quería morir. Él, siempre tan dócil cuando de dulzura se trataba, y tan nervioso cuando se hablaba de emociones, él que siempre había necesitado apoyo y consuelo, siempre falto de inmensidad y sediento de infinito y plenitud, él, ahora, estaba solo, solo ante Dios. Y Dios pareció entenderle y una lluvia tintineante empezó a colar desde las agujas afiladas de los pinos y desde los cipreses. Wolfgang sentía el calor de sus lágrimas en las mejillas, y el frescor de la lluvia en el pelo. Ese frescor era tan reconfortante...
Apartó con un ademán nervioso al vecino que intentó socorrerlo con un paraguas. Quería sentir lo bello también desde el infierno. ¡Y es que el ser tan superior que jugaba con él cual marioneta había tenido la amabilidad de crear cosas bellas y crueles a la vez, para, tal vez, quitarse culpabilidad, jugar más aún con su ánimo! "¡Oh, Dios mío! Dime que no los ha hecho por mi mal comportamiento, dime que no la castigaste a ella por mi culpa... Que tan sólo la requieres por hermosa y buena. ¡Dime que existes y que ella está contigo en el cielo!" El viento húmedo revolvió el cúmulo de tierra junto al foso y el féretro, como queriendo acelerar el proceso de la ceremonia. Algunos granos de tierra taparon un resto de motivos decorativos que ahora carecían de sentido. Había ya un charco que cubría sus rodillas.

Se levantó corriendo al darse cuenta de que ya era la hora de bajar el féretro al foso y se acercó. Quiso detener con urgencia aquella bajada, le estaban arrebatando algo tan suyo como él mismo. Y cada vez estaba más abajo aquel pedazo de su alma... Uniéndose a Friedrich, tal vez. Qué afortunada entonces madre si ella al fin volvía a ver a su otro tan amado hijo. ¿Estarían ambos en paz? ¿En el paraíso? Tal vez sólo estuvieran allá abajo, sintiendo el arrullo del mar, golpeando contra la roca viva del acantilado, al otro lado de la montaña. Tal vez sus almas ahora vagasen inmunes a cualquier dolor y sufrimiento, volátiles, en la brisa. ¿Quién sabe? ¿Quién sabe seguro que hay tras la muerte...?

El féretro bajó del todo y allí quedo, inmóvil y brillante. La primera palada de tierra cubrió también parte de la vista de Wolfgang, hasta que quedó ciego, inmóvil y brillante; mojado.

Algunos cubrieron la reciente tumba de flores, luego marcharon colina abajo. Wolfgang no se movió, estuvo horas de pie sin apartar la vista del cúmulo, dejó de llover y no se movió, no se movió hasta que el frío de la noche le caló hasta los huesos y le hizo recordar que aún no estaba en el infierno.



La muerte de la virgen - Caravaggio

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