jueves, 6 de mayo de 2010

La Odisea

Somos ciudadanos del mundo, no hay más patria para mi que la que yo inventé contigo. Pero me han expatriado. Somos dos entes en la niebla, que si se cruzan por la calle no se reconocerían, dos personas anónimas que nunca harán nada por cambiar el mundo. Ciudadanos del mundo, que sólo lo habitan porque no pueden sobrevivir en Marte.
Pensaba que éramos diferentes, que brillaban nuestros ojos al pasar, la gente envidia esos ojos como se envidia a los que los tienen azules, y que un áurea nos distinguía de la masa. Pero no, me equivoqué. Hemos acabado siendo cualquier persona, una persona al azar, elegida a dedo, alguien que sólo ocupa un espacio en la cola del pan. Somos corrientes y molientes.
Hecho de menos la habitación azul. No sé si nunca llegué a enseñarte la poesía que escribí sobre los amantes de Picasso. Tumbada en la cama soñaba que no había nadie más en el mundo, nadie más que tú y yo, que era todo nuestro, sólo nuestro. En un mundo donde sólo hubiera dos personas no nos hubiera quedado más remedio que seguir juntos, sólo habrías podido amarme a mi, nadie más tendría el hueco que te hace falta. Seríamos una comunidad, un pueblo, una cultura, un rey y una reina, un presidente y una presidenta. El mundo sería silencioso, si sólo hubiera dos personas en él, extenso y vacío. Pero yo no necesitaba nada, excepto a ti.
La ciudad está llena, sin embargo y lo odio. La gente camina sin rostro, sin miembro, sin manos que palpen las manos.
Hoy mis manos ya están limpias del pecado que cometí anoche, sin pensar en ti. Y soy cualquier persona, no tengo porqué avergonzarme de cometer pecados.
Los héroes han muerto. Se los tragó el Leviatán.

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