jueves, 30 de septiembre de 2010

De la ausencia y sus torturas

Cuando Loredana baja la calle hacia la plaza de la heladería, todos los hombres se vuelven para mirarla y todas las mujeres. Cada chasquido de sus tacones bajos es un reclamo para la vista, una llamada al circo. Cuando Loredana baja la calle, lo hace rápido, a pasos largos y prietos y se aprieta el escote y baja la cabeza. Guapa de cara, de cuerpo pequeño. Siempre lleva camisa blanca y una chaqueta de punto negra, siempre envuelta, cubriendo su escote. Siempre bien peinada. Todos miran a Loredana mientras baja la calle hacia la plaza de la heladería. Pero lo único que quieren ver de ella, cuando corre, es su pecho vacío.
A Loredana le falta un pecho. Se mareó de calor en la fábrica y perdió el equilibrio sobre el tanque de la leche hirviendo. Qué ironía. Aquella quemadura láctea le carcomió sus glándulas. Cuando pudo volver al trabajo, le cambiaron de sitio en la cadena de producción; ahora fabrica quesos con la forma que a ella le falta sobre las costillas. Y después enviaron a su hermano a las trincheras y su madre murió.
Cuando vuelve de la plaza, con la tarrina de helado, se le congela el agujero al lado de su única mama, de tanto apretarlo contra el esternón, por disimular su falta. Y cuando acaba de comer, se pasa el domingo mirando su cicatriz. Tiene un espejo en la puerta del armario, se sienta en la cama, con la falda puesta, y se mira desde allí. El pecho que tiene es pequeño y prieto, como toda ella, envidiable y blanco, con un pezón en punta mediano y liso y rosa. Allí donde le falta, sin embargo, es todo un aglomerado de bultos pequeños y arrugados y una cruz que le ha partido su ausencia en cuatro, como los gajos de una naranja. Se dibuja con el dedo una y otra vez su marca de arriba a bajo, de lado a lado, se repasa los pliegues e intenta alisarse los bultos, se arrastra las carnes circundantes hacia el centro, intentando construir un nuevo pecho. Se imagina con uno nuevo, incluso con dos un poco más grandes. Se prueba un sotén y lo rellena con sus medias, con varias medias y luego se prueba las camisas y le encanta pensar en el botón de su escote a punto de saltar por la presión. Pero eso nunca pasa.
Cuando Loredana avanza por la via dei Cerchi, junto al Circo Massimo y luego tuerce por la via di San Gregorio, se sienta a contemplar a los enamorados del Coliseo. No es que adoren las ruinas, es que allí se citan los jóvenes y a veces se besan. Loredana lleva siempre un libro, y simula que lee. En realidad memoriza patrones del comportamiento humano y se queda con palabras y con gestos, intenta imitar la sonrisa de las mujeres antes de ser besadas por primera vez. Después de unos minutos de besos en la boca, los hombres mueven las manos imantadas, sin excepción, hacia los pechos de las mujeres y casi todas consienten que se los toquen. Los amasan como el barro, como la masa del pan, construyen, a base de círculos, quesos de tetilla, los ordeñan mientras besan. Loredana se imagina siendo una de esas mujeres con dos pechos ordeñados mientras besa y se le acelera la respiración. Imagina que se le abre el botón de la camisa y que le respiran en la boca y en el hueco de las clavículas, se imagina el vaho en la via de sus dos tetas iguales y dos manos que se las juntan y las levantan. Huyendo de su ansiedad, una vez vio a dos hombres en el Parco Ninfeo, besándose en el cuello, y en vez de sorprenderle, eso le consoló; eran dos hombres sin pechos que tocar.
De las cosas que tienen que ir juntas en la vida, porque no pueden ser la una sin la otra, a Loredana la habían dejado huérfana. El orden del cosmos va de dos en dos, como los animales del diluvio, como el hombre y la mujer, la noche y el día, el sol y la sombra, las dos piernas, los dos brazos, los dos ojos, los dos pulmones.  De los dos pechos que tenían que haberle dado, a ella le habían arrancado uno, y había sido como quedarse coja, como quedarse manca, como quedarse tuerta. Por la cruz rajada de aquel pecho izquierdo del espejo, a Loredana le habían abierto el cuerpo y le habían sacado el corazón y ya no habría hombre en el mundo que la deseara, ni mujer que la envidiara, ni transeúnte que no se girara para notar su vacío al bajar la calle hacia la plaza de la heladería. Y la impotencia es tan grande, que muchas veces ha pensado Loredana en envenenarse el propio helado que se come.

8 comentarios:

InfusionDeLotoNegro dijo...

Esta historia me parece INCREIBLE…
Tremenda
Muy buena
Loredana es una autentica gladiadora, solo por seguir viviendo soportando esos pensamientos.
Digna de admiración…
Muy grande Meme, muy grande.

A g r i p i n a. dijo...

me encanta!

por cierto! q fuerteeee q seamoss vecinaaas!!! tu ventana está justo enfrente! tengo unas flores rosas ahi en el poyete ahora mismo , un dia q veas la ventana abierta me diceees aaaaaaaaagriii!
jajajajja
:)
q guay
bueno un beso vecina :)
el mundo es un pañuelo!^^

Casiopea dijo...

Brillante, soberbio, magistral. No sé cómo calificarlo, de tanto como me ha gustado. Sé que sabes que eres buena, pero te lo digo para cuando se te olvide o no te lo creas. Eres buena. Muy buena. Joder, vaya si lo eres. Cómo me hubiera gustado poder escribir una cosa como ésta. Me encanta.

Besos

Casiopea

Igor dijo...

No sé si escribes mejor que pintas o viceversa.
Impresionante la historia. Y qué bien contada.

Anónimo dijo...

increible historiaaaa Memeeee! ain pobre loredanaaaaa, que desdichaditaaaa....

Gabrielle Dupré dijo...

Quiero conocer a Loredana! ue historia y que mujer! por un momentito, quise saber más de ella y des sus pasos.

Me encantó eso del orden del cosmos va de dos en dos, ay Meme que brillante eres.

Gabiprog dijo...

Mejor seguir con los capítulos de la vida, renunciar a los epitafios...

Gran historia.

moreiras dijo...

Bravo Meme, bravísimo!!
La mejor de las historias y relatos que te he leído, y he leído. Sonrío