sábado, 9 de octubre de 2010

De otras ausencias con torturas

El joven pastor pelirrojo, que no se olvidaba de añorar a sus vacas, lanzó aquella granada desde su agujero; nunca supo dónde calló, ni las consecuencias de la deflagración. Aterrizó ésta junto a las piernas del padre de cinco hijos, reventó el casco del chico callado de Viterbo y la metralla le arrancó a Leonardo una oreja. Entonces la guerra dejó de ser una jaqueca continua. Por el pasillo de tierra removida llegó arrastrándose el médico, marrón de barro. Al padre le dejó con dos muñones, al viterbese ahogado y muerto de tanto insuflarle la nariz y a Leonardo le dio un trapo para que se apretara bien la sien. El timbre desagradablemente agudo, que siguió al dolor de quedarse sin cartílagos, fue lo último intenso que oyó en la vida.
Después de siete largos meses de trinchera le devolvieron a la vida sin condecorar por su herida. Ya no oía las voces de mando, ya no respondía a la llamada del fuego. Y se siente muy extraño ahora que el horizonte no es la línea de frontera, ni el lanzador de granadas le espera tras las lomas; todo es increíblemente tranquilo, todo esta demasiado limpio, demasiado seco, demasiado lento. Leonardo ha vuelto a la paz: el paisaje no revienta, no siente la tierra entre los dientes ni la angustia en los intestinos. Pero el mundo está apagado, ahora que vuelve de la guerra. El mundo está apagado, le falta constancia y cuerpo, le falta integridad.
Leonardo lleva horas mirando su reflejo en la ventanilla. El tren ha llegado a Roma. Roma está dormida, sin bullicio, sin vida. Loredana ya está allí, le saluda con la mano desde el andén, con la otra mano se cubre el pecho hundido. Se abrazan, ella dice unas palabras.
-¿Qué?
-Te he echado de menos.
Leonardo se lleva una mano al oído perdido.
-¿Qué?
Ella se queda muda al ver la oreja partida y caminan despacio hacia casa.
Leonardo deja su petate junto a la puerta, no dice nada, se encierra en su habitación. Loredana se queda de pie, de tan impotente hecha polvo, junto a la puerta amurallada y junto al petate.
Dentro él se quita la camisa, se revuelve el pelo y se mira a solas en el espejo de la pared. No se mira la oreja, porque ya no está, se observa la ausencia, el hueco feo y despedazado junto a la mejilla, su perfil destrozado. Se repasa el contorno de su pellejo, se dibuja con dos dedos la forma distante de lo que fue aquella trompeta, añora la suavidad del lóbulo huido. Se tapa la zona dañada con la mano y se imagina sin herida, recuperando su buena apariencia de antes de las batallas; piensa en dejarse crecer el pelo y en taparse esa porción sangrante, ese orificio sin salida. Sólo le queda una esperanza muy pequeña, algo ínfimo que le ha ayudado a adelantar sus pies uno delante de otro, un resto de valor que ha ansiado en cada centímetro de todos los kilómetros de vías. Leonardo se acerca hacia el piano de pared y se sienta en la banqueta con cuidado, como solía hacer hace siete meses. Abre la tapa con miedo, mucho miedo y secándose el sudor y apretándose las costillas, baja cuatro teclas blancas. Baja cuatro teclas blancas. Las baja. Baja cinco, baja seis. Las baja todas con las manos y los brazos y los codos, con mucha fuerza. Pero no oye nada, sólo un murmullo distante, una presencia que se apaga y se aleja, algo tan tenue que no merece la pena. Y Leonardo se enlaza las manos, se aplasta el vientre, se pellizca los párpados y se encoge, se recoge mucho y vuelca la banqueta y cae su cuerpo al suelo, como un plomo sin sonido, sólo con golpe. Y llora, desconsoladamente llora Leonardo de rodillas y con las manos en la cabeza y susurra e implora y convulsiona sus pulmones y quiere arrancarse cada pelo, cada pestaña. Sus gemidos parten la casa en astillas y esquinas.
Loredana, que no puede partirse en astillas, entra sin llamar y comprende, le levanta del suelo sin esfuerzo, con las ansias de una responsabilidad asumida y echa a Leonardo en la cama. Se sienta con él hasta que se le deshidratan los lagrimales y le enrojecen hasta las pupilas y entonces Loredana, de la forma más suave, apoya su oreja en el pecho de él y entiende que de ese modo se unen por las cosas que les faltan. El corazón bien plantado de Leonardo le retumba en el tímpano, como un reloj que marca los segundos del tiempo que les queda.
Ahora son la hermana sin pecho y el hermano sin oído y la gente se gira para mirarles cuando bajan la calle para comprar el helado que desean envenenarse.

5 comentarios:

La sonrisa de Hiperión dijo...

Nos falta aire que respirar...


Saludos y un abrazo.

InfusionDeLotoNegro dijo...

Creo que la ausencia de Leonardo es más dolorosa para mí que la de Loredana, la puedo entender mejor…
Los textos que tienen que ver con la guerra y sus consecuencias, siempre me producen una extraña sensación nostálgica.
Quizás las guerras también entienden de ausencias, de nostalgias… (Ya sabes, las que vemos hoy en día son diferentes en cierto modo)
De todas formas, hay guerras cotidianas, como la de Leonardo y Loredana.
GREAT MEME, GREAT

Antonio Bustamante dijo...

Fantástico, Carmen, una pieza cargada de emoción, de tristeza pero de cruda realidad. Todo lo contrario a lo empalagoso, sólo los puros hechos. Hasta yo me sentí sordo mientras lo leía. Enhorabuena!! ;)

Antonio

moreiras dijo...

Querida Meme: no sé qué decir. Tu sublimación es magia, es arte, es poesía, es llanto que llueve y calma, calma y sana... (Meme también pierde, y siempre gana).

Casiopea dijo...

Como la historia de Loredana... soberbio. Uff cómo me gusta leerte.