domingo, 29 de mayo de 2011

Snälla bli min

El rayo que me cruza la cara desde la ventana es del azul de las dos de la mañana, el azul intenso de la madrugada permanente, de hielo desconchado de noche boreal. Debajo de tantas mantas no hay calor ninguno, la humedad de un bosque nórdico esta dentro de mi edredón. Y no puedo dormir.
Descubro un hueco en tu colchón e imagino los secarrales que crecen bajo tus mantas y ansío esa calma reseca y sin hielo. Subo a tu cama y me deslizo. En efecto, allí debajo hay un agradable infierno. Te despierto.
Tengo frío, te digo. La punta de mi nariz te ha rozado el cuello que te arde y lo apartas, y tiritas. Por primera vez en la vida, no dices nada. Imagino que vuelves y me abrazas, que te has comido una caja de cerillas y prendemos, bajo ese ardor de cama. En esta historia, sin embargo, la castidad te lleva al cielo; el infierno de esta manta no ha sido más que una anécdota dantiana, sin Virgilio ni Beatriz.
Eres como César Borgia, deseando infringir sus votos cardenalicios. Qué bien te sienta el rojo, pero me gustaría quitártelo. En las calles nevadas, todo el mundo se gira para mirarme. Tú, que me compartes la cama, te giras entonces, para no hacerlo.

2 comentarios:

Antonio Bustamante dijo...

Como siempre una maravilla. Cada vez que tus lectores leemos una pieza tuya, nos llevas a pequeños universos, todos ellos conectados por ese estupendo estilo que tienes =) .

De nuevo, un 10. Fenomenal =D

Vagamundo dijo...

Indiferente, pero no como la mirada de César Borgia para otro lado (a estas alturas hay un cuandro aquí a la derecha que hace lo mismo).
Esa mirada conoce bien la diferencia, pero no sabe como traducirla en palabras.