lunes, 12 de diciembre de 2011

No voy a hacerte daño



Un desahogo fue lo tuyo y lo mio y otro desahogo es esto mio, que si no escribo puede que me reviente formando un cosmos. Son estrellas y atmósferas las que me saldrían, cometas artificiales, una mascletá.  Y te diré todo aquello que de la boca no me sale, todo lo buena que soy y no sé mostrarte.
Te diré que el mayor gusto fue el de haber sabido doblegarte, aunque es cruel el seducir a un pequeño pájaro en la oscuridad. Y que fue un alivio grave el tenerte al fin en la boca y que tú me la buscaras; tener de tus manos tus gestos tan tiernos, tus preguntas tan pacientes, tu peso en el cuerpo. Te diré que aún me queda marcado en la mano el hueso de tu cadera delgada, se ha quedado con su forma y con la cuenca de tu cara. Primero un animal asustado. Ahora eres objeto con cartel de no tocar, alimento prohibido teniendo hambre, un muro infranqueable tu boca. Boca tal delgada de la que he contado los puntos y no dan más de veinte, son dos hilos arriba y abajo y los dos dientes centrados y profundos que se muerden los hilos despegados. Tú hundiendo en la herida, hundiendo en la carne, hundiendo fuerte y sanando después con un cariño tan leve, mirándome a mi profundo, hundiendo desde tus ojos pequeños y enmarcados tan oscuros. Te digo que no hubo nada malo aquella tarde y que fue lo mejor desde hace inmemoriales tiempos, que sólo diez horas duró. Y maldigo lo fácil que perdura todo tu olor en mi pelo, que duermo cubriéndome la cara, ahogándome con todo ello. Te digo y te perjuro todo lo cobarde que te has vuelto y sin probar nunca sabrás nada de toda la dicha que habrías tenido, todo lo bueno y lo atento de mi gesto, todo el calor de mi estufa, cada hueco en mi cuello, la vida entera para darte aunque fueran sólo dos horas o dos meses. Y sin ello te quedas, sin inmute, sin prejuicio, siendo como eres tan calmado y suave, con tu corazón tan lento. Es un hecho que no se puede odiarte ante tanta dulzura.
Y aunque tú puedas leer todo esto que hoy he escrito, no tengo miedo de perderte, porque está en ti ser paciente y comprensivo y tú sabes cómo muevo, a aletazos y desórdenes, mi pasional destino; no soy persona que piensa. Me perdonarás por esto y mañana habrá acabado la guerra, la que ha formado algo tan pequeño. Y no habrá ya nada que temer, porque todo volverá a ser como antes, pequeño cervatillo, potro de las nieves congelado, todo lo pondré de mi parte para darte lo que quieras, la tranquilidad que merece tu bendita castidad, la sangre lenta y diastólica en tus venas, todo para ti hasta que al fin me ciegue o tú me veas.
Y ya todo será más nada: la respiración interrumpida, el principio del barrido, un instante antes de la fotografía, el tiempo hacia atrás como al comienzo; el antes del cosmos. El vacío que tú quieres.

No hay comentarios: