lunes, 19 de marzo de 2012

I'd rather dance with you



Eres tímido, Darío Acuña, como un niño pequeño, como una persona pequeña ante una gran hilera de montañas, como el hombre en la playa ante el mar recién descubierto. Tienes como una orilla de timidez en la cara, como un rubor en los labios que te hace joven e inocente, como un niño pequeño. Tienes las manos como temblorosas, como de emoción contenida, cuando vas a alcanzar las cosas que no conoces, cuando coges por primera vez los cachorros de los linces y te haces como ellos de pequeño, con los bigotes fuera. Tienes la timidez de los argentinos, como de una ese aspirada, que busca el refugio de las madres y las cuevas. Cuando ríes a veces se te escapa la ese aspirada y ya sé que eres tímido, que sientes el rubor de lo dicho, el punto de calidez en las mejillas de cómo te sube las sangre hacia los extremos, se te sube, se te instala y te papita en las sienes y ya eres un niño pequeño, tan frágil. Hablas tan bajo que aspiras las eses y seseas las ces y se te hace líquido el hablar mientras me caen encima las lluvias de tus frases. Son como una cascada tus frases susurradas, como ducharse y quedarse limpia. Y sientes el pequeño rubor de las miradas y los párpados, de los labios húmedos y los vecinos, desde las ventanas de sus casas, desnudos.
Luego me coges de la mano y dices que nos demos un baño. Abres el agua del grifo y esperas, apretando mi mano, que se llene la bañera. Esperas desnudo. Llegas al baño, enciendes la luz y abres el grifo, luego te quitas despacio la ropa y la dejas bien doblada en el bidé, te sientas en el suelo conmigo, apretando mi mano y esperas que se llene la bañera. Los azulejos del baño se te reflejan en los ojos; verdes y azules se te empañan en los ojos como un vaho calorífico. Adoro la luz de ese baño, el tubo fluorescente tan blanco y azul en tus pestañas, en tu cuerpo desnudo cayendo blanco como el grifo abierto, el ruido del agua cayendo como luz. Sientes vergüenza cuando estás desnudo conmigo, pero lo estás, antes de que se llene la bañera. Callado y fresco, te quedas desnudo y esperas que se llene la bañera, aunque yo no esté desnuda y tu desnudez está muy quieta, flácidamente tranquila, laxa tu lengua y tus piernas, los huecos de carne de tu cuerpo suaves y caídos, como almohadones en la cama.
Cuando está llena la bañera cierras el grifo y esperas de pie, con esa cara de niño, con la chispa de la vergüenza en un lado de la cara, esperas de pie que yo me desnude y nos metemos dentro, porque tenemos aprendido de memoria cómo caber juntos en la bañera. Nos gusta el agua ardiendo, que se nos abrasen los miembros en el agua, sentir el impulso eléctrico, la pizca del dolor y el siguiente alivio, la curación del calor. Te sientas en la bañera, apoyas la espalda en la loza y luego la cabeza caída hacía atrás en los azulejos, del placer. Se te entreabre la boca abrasada y te caen las gotas de sudor por la nuez de la garganta estirada; se te oye respirar y latir. Me sueltas la mano y las tuyas las dejas flotar.
Tienes también la expresión comedida, la ráfaga de rayos en el gesto, de los animales salvajes. Se te confluyen la pequeñez y lo irrefrenable en las sienes, te chocan y se confunden. Eres salvaje y libre, indomable como un albatros, pequeño como un gorrión. Cuando eres salvaje tienes la expresión volada, los ojos se te estiran y los labios, como si te diera el viento en la cara y te brillaran las luces desde dentro; llevas el pelo revuelto, te sopla el desorden desde dentro. No hay mano que te coja entonces, ni palabra que te llegue. Te distancias con tu movimiento y te metes en la selva cerrando las puertas. Si al menos te llegara el roce, te devolvería a la tierra, pero no notas las caricias cuando eres salvaje; miras muy profundo a los ojos, como leyéndome el instinto. No haces apenas un ruido, eres todo silencio y exactitud, el control adrenalínico en los dedos. Sales a volar en avioneta y vuelves salvaje, luego ríes recordando tus vuelos y aspirando las eses para calmarte, te atimida tu propio poder y tu sentido, y te regresas a tu cuerpo en el suelo, eres tú de nuevo y no las garras de las panteras sobre el árbol. El pelo erizado de tu nuca se te vuelve al peinado para regresar.
Pero no hay necesidad. No sientes ningún tipo de necesidad. No la hay en tu gesto nunca. Si te vas o si vuelves, si te vuelas o te aterrizas en los campos abiertos, aunque sea de emergencia, si te viertes o te recoges a ti mismo, ya te basta. Tienes todo a tu alcance si te vas o te vienes, el vuelo no se te frena nunca y no te tienes más necesidad que a ti mismo. Te llenas de ti mismo y del aire y del agua ardiendo. No hay necesidad en tu timidez ni en tu salvajismo. Ni el miedo de tenerla te corrompe. No eres una persona sexual, Darío Acuña, el escalofrío de la sangre no te pasa. Me tumbo en la cama mientras lees y te miro muy profundamente. Quiero ser como tú, me reflejo en lo que haces y te imito, para llamarte, para hacerme irresistible. Te miro profundamente desde la cama, pero no notas ese ardor. No tienes esa necesidad. Te arden las mejillas, eso sí, cuando te hablo de cuerpos celestes y telescopios, cuando te acerco las fotografías y te leo en voz alta, pero no notas el ardor cuando me tumbo en tu cama. Nada. Te enseño primero un hombro mientras hablamos del malditismo, pero el contacto visual no se te divide de mi cara, luego me aprieto la falda y me muerdo los labios y tú me hablas de gymnopedias, como si nada, como si no supieras, maldito Darío Acuña, que te quiero tener dentro; a veces me desesperas. Si te pongo las manos en las piernas, tú con cuidado me las llevas otra vez a la cama. Si te aprieto las muñecas con las manos me las llevas despacio al regazo hasta que te suelto. Si alguna vez te rozo la cara, de los delicadísimos momentos en los que te alcanzo la cara, tú remueves el tiempo a tu alrededor confundiéndome y calientas mis dedos desde la distancia y el vacío, hasta que al final no entiendo si he llegado a tocarte o me quedé a un centímetro. Tú me tocas y me pides que me desnude, pero hay timidez y salvajismo y una fina distancia insalvable, un eterno paso imantado que conserva la separación entre nosotros, como un velo translúcido que nunca se rebasa.
Hablas de la muerte, que no te tocará; le das vueltas a las cosas. Luego me pides perdón por darle vueltas a las cosas, por expresarte demasiado, por dejarte entrever la esencia que eres. Cuentas muy poco, hablas, hablas y hablas, pero cuentas muy poco de tu mente. Lo sé todo de ti y eres un desconocido. Me conozco las arrugas de tu gesto y los puntos de tus marcas, la distancia de tus cicatrices en la ceja, pero eres un desconocido silencioso, lleno de secretos. Me dices que quieres hablarme de tu pasado, me sientas en la cama y me hablas sin parar, de tu experiencia y tus viajes, de otros cuerpos que han pasado contigo llenos de fantasmas, cuerpos como el mío, enlazados al tuyo por la nada, y no dices nada. Me dices cómo haces el vacío entre los cuerpos, y tú, que los aprietas como de casualidad atraídos por la succión de la nada, me describes esos cuerpos, pero no dices nada. Tus frases caen líquidas de tu boca como una cascada, como una lluvia muy fina, pero en realidad no cae nada irreparable, nada irreversible para ti, es un calabobos punzante nada más. Te quedas en una posición de defensa ante mi ignorancia, te reservas tu propio hueco escondido en el que te anidas y duermes, ese agujero que nunca sabré dónde está ni qué significa. Tienes una identidad secreta, Darío Acuña. Porque no dices nada. De ti, de ti mismo, no dices nada con la boca, que no sean tus gestos tan tímidos o libres y fugaces, de cervatillo pequeño recién nacido o de ave voladora recién frenada contra el viento, ni de tu ausencia de necesidad, la grande y ferviente ausencia, el vacío que me atrae, el misterio, el desierto irrevocable de tu enigma, tan seguro e irrompible.

3 comentarios:

Igor dijo...

¿Cómo que no tiene ninguna necesidad? Entonces, ¿es libre? Ah... ¿Cómo, cuándo...?
Este precioso escrito me transmite una idea que explota en mi cabeza: plenitud.
Besos.

Vagamundo dijo...

Una lenta y atenta observación. Y sin embargo, cuántas identidades expresas y ocultas son contenidas y faltan en este retrato...

Miss Migas dijo...

Vaya, menuda descripción tan perfecta y detallada. Cómo consigues fotografíar a Darío, casi como si lo estuvieses creando. Muuuá