jueves, 29 de marzo de 2012

La necesidad de expulsión

Te me partes de la noche como un rayo rojo y soviético, te me partes del momento y la distancia y separas la noche en mitades. Te me partes en la boca partida y abierta, como un pájaro posándose en sus huevos blancos, como tocar el pelo en la cola de los zorros salvajes; tan dulce, tan suave y maleable. Te me caes como de la nieve sobre mi cara y las manos, partiéndome en escamas; me rompo sobre ti, sobre el balcón y los postigos, sobre la acera. Haces de los lugares vacíos, invisibles, el punto de encuentro: la marca. La pared y la esquina se quedan amarillas de tus gestos, llenas de sombras dobles, de dobles exposiciones. Me arrebatas todo el agua y luego me la devuelves de la mano. Se me han quedado en el cuerpo las señales de tus torturas, el temblor de la escasez y la colmadura, el cuello en dos de tus arrebatos, las piernas cóncavas y astilladas. Por dentro y por fuera me vuelves, me acompañas del revés y del derecho hasta la puerta y el portal y luego a la cama y a la manta y me partes de un rayo cada muro, cada escayola. Entonces somos la fotografía. Y hablas bajo, tú bajo, tragando rápidamente el final de las palabras y las cosas, tu trama tan blanca. Sólo un golpe, de rotura, sólo la prueba de un golpe y tus silencios aspirados que yo debo imaginar. Todo es duda, inefable, pero hasta los ratones tienen convicciones que sólo creía dudar.

2 comentarios:

K. Diminutayazul dijo...

Y de explosión.

Vagamundo dijo...

es la otra cara del dorado presente: la frustración de la distancia. La tautología de tener que sublimar algo sublime.