miércoles, 5 de marzo de 2014

Hiroshima, mon amour

Esta noche hemos saltado la valla de la calle Mejía Lequerica. No había razón para saltarla, ha sido un impulso. Ya habían cerrado todos los bares de Malasaña y he levantado la primera pierna sobre el metal rasgándome las medias hasta el tobillo y me he quedado un momento sentada como sobre un caballo en la valla. En los otros dos lados de la manzana hay un edificio abandonado de tres plantas en forma de L y en el solar la hierba está muy alta, nos hundimos hasta la cintura mirando los ojos luminosos de los gatos como tigres en la selva. A ti te temblaban las manos, sobrecogido. Las he notado heladas sobre los dedos y tenías los ojos brillantes comos los gatos mirando hacia arriba. Me has empotrado contra la valla, de frente y de espaldas, celebrando que el solar es nuestro; estábamos ciegos como las ventanas tapiadas mientras ardía el tercer piso de la casa de enfrente. Y después me has acostado sobre la hierba y tan suave que casi no te he oído me has hablado del sueño que tienes en el que estamos sólo nosotros en el mundo, y cómo todo está en silencio y todo es nuestro y todo tan vacío.

1 comentario:

Vagamundo dijo...

El teatro onírico de las paredes ocres...